viernes, 23 de noviembre de 2018

Matarse un gato - Fermín Vilela

Lo importante era divertirnos. Y cuando vuelvo a eso entiendo por qué la crueldad es cosa nata y toma un ritmo que rara vez se olvida, un ritmo del que todos somos cómplices. Me acuerdo de las risas, de los perfiles transpirados. Del silencio de siesta por detrás nuestro. También de aquellos tapiales abandonados yendo para el lado del cementerio, porque era ahí donde había que ir a buscarlos. El método era sencillo: mandabas el pie entre los matorrales hasta sentir algo moverse, después pateabas con fuerza. Si querías hacerlo bien había que estar atento, ir despacio y no atolondrarse.
El más grande de nosotros tres se llamaba Federico, pero a él le gustaba que le digan Manzano. El loco Manzano. Era quien se encargaba, cada tarde, de pensar cómo íbamos a jugar con los sapos. Por lo general hervía agua en una olla grande como para lograr meter cinco o seis dentro. Se llenaban de ampollas y pataleaban hacia adelante, desesperados. Si por alguna razón ése día no andábamos muy inspirados elegíamos el método más rápido: el uso de la pala. Con un solo golpe podías cortar cualquier sapo por la mitad. O sacarle la cabeza. O las patas. Amadeo, el tercero sordomudo, era quien más lo disfrutaba. Aplaudía y reía entre frases apenas comprensibles, más parecidas a berreos que a otra cosa. Nos llevó tiempo acostumbrarnos a la risa de Amadeo. Era una risa diferente. Manzano había aprendido a transformarlo en una especie de fiel esbirro, y hacé esto, hace lo otro solía gritarle mientras me guiñaba un ojo cómplice, inyectado en rabia.
El jueves aquél Amadeo nos invitó a tomar la leche a su casa. Con Manzano sabíamos que allá uno la pasaba bien. Su pieza era distinta a todas las otras piezas, llena de juguetes y videojuegos. Amadeo era un chico con suerte. Incluso llegué a pensar en si hubiese preferido tener esa vida a cambio de mi capacidad para escuchar.
Me gustaba mucho estar ahí. Era una casa cómoda, con buena gente viviendo en ella.
–¿Y? ¿Cómo andan los pibes?
El padre de Amadeo empezó a taladrarnos con preguntas. Nosotros hacíamos lo mismo dijo mientras nos sacudía la tierra del pelo con una sonrisa que todavía tengo pegada en medio de la frente. Con su madre, en cambio, las cosas tomaron otra forma. Mi viejo me había contado, una vez, que la mamá de Amadeo era una persona especial y peligrosa. Pero el jueves aquél no se portó de esa forma. Ni bien nos vio sentados en la mesa de su propia cocina se puso a contar unos chistes que me resultaron de lo más simpáticos. Mucho no duró; Amadeo miró fijo a su padre, diciéndole algo por ese sistema de señas que ni Manzano ni yo habíamos aprendido a usar. Terminaron llevándosela sin dejarla siquiera despedirse, y por mi parte no tenía idea de que esa sería la última vez que la llegaría a ver.
Manzano me confesaría, horas después, cuánto detestaba esa casa. Según él iba para atragantarse de vainillas y tomar chocolatada Toddy. Los dedos, lastimados, se le ponían bien marrones gracias al cacao en polvo. Siempre hacía alarde del estado de sus dedos. Pero cuando te animabas a preguntarle por las lastimaduras no decía mucho. Teníamos entendido que los sábados trabajaba en la herrería de su tío, y cada tanto nos contaba, orgulloso, que era forjando como se lastimaba. Que era así como podía tragarse su propio dolor.

La indicación de mi viejo fue simple: cuidá a tu abuela. Aunque, a decir verdad, era ella, era Martina la que terminaba siempre cuidándome a mí. Me acuerdo de sus manos. Porque así fue parte del jueves aquél: con sus hermosas manos cebando mate dulce.
–En cuanto vea que se mandan alguna les pego una patada en el traste y se va cada uno a su casa.
La abuela Martina lograba engañarnos, aunque jamás se engañaba a sí misma. Después de todos esos retos se le escapaba siempre una sonrisa bien contenida. Manzano estaba encantado con ella, y era raro verlo así, tan tranquilo, haciendo una pregunta tras otra. Amadeo también la apreciaba. A los dos se le abrían grandes los ojos cuando veían a la vieja compartir el matecito de chapa que, atravesado por el sol, humeaba por encima de nuestras cabezas.
El jueves aquél agarramos nuestras mochilas y, antes de seguir camino, Martina pidió que esperemos. Fue hacia el fondo de la casa para volver con una de sus viejas lata de galletitas. Nos hizo abrir las manos. Repartió nueve caramelos y un beso en la cabeza para cada uno.
 –Jueguen bien, me escucharon. Nada de andar haciendo locuras. Vayan.
Era mediodía. Había que estar atentos al sol para no terminar insolados. Mientras caminábamos propuse mojar las remeras y ponérnoslas sobre las cabezas como grandes turbantes. Paramos en una canilla, al lado de un garaje. El agua me caía en la nuca mientras pensaba en todo lo que teníamos para aprender de los viejos.
Al momento de cerrar la canilla, Manzano se agachó para quedar exactamente a mi altura.
–Che, vos, escuchame. Para juntarte con nosotros tenés que hacer algo.
Amadeo, que tan bien leía los labios, entendió todo. Se puso medio ansioso y empezó a mover las manos. Después intentó articular algunas palabras.
–No, Ama, olvídate. Vos sos mufa. Yo le digo al pescado este, que no se anima a hacer nada –dijo, adelantando la cara hasta enfrentarla a la mía –Matar un gato. Matar un gato o varios. Cuánto a que no te animás.
–Vos decime qué tengo que hacer.
–¿Estás seguro, pescado?
–Decime lo que tengo que hacer.
Manzano se paró. En ese momento me di cuenta lo petiso que era. Amadeo, al lado suyo, parecía una especie de hermano mayor.
–Así me gusta, che. Nos vemos en dos horas en el baldío de los tapiales.
No llegué ni a decir sí que pegaron media vuelta. Vi alejarse sus dos cuerpos hasta lograr desaparecer en la otra esquina. Y ahí quedé, envuelto en mi mameluco empapado, cocinado ante el sol del mediodía.

Con el horario intenté ser lo más exacto posible. Dos horas después estábamos en el baldío que el tío de Manzano había comprado años atrás. Al momento de llegar, me saludaron con un leve movimiento de cabeza. Amadeo, muy serio, sostenía una caja grande de galletitas Bagley. La apoyó en el suelo. Y antes de dejarme ver lo que había en su interior, se puso a gemir. De repente Manzano apretó los dientes contra su labio inferior y le metió una bofetada.
–¿Qué mirás, loco? Porque sea sordo no lo voy a tratar bien. Tiene que hacerse hombre. En la escuela nadie le da pelota, yo soy el único, conmigo se va a hacer bien hombre.
Empecé a escuchar pequeños maullidos, y cuando Manzano metió la mano en aquella caja no pude ni siquiera reaccionar. Cerré los ojos después de escuchar el golpe seco, metálico, después los festejos, como si se tratase de cualquier gol en un partido amistoso. Sentí ganas de vomitar. Al intentar sacar otro se les escapó de las manos. Pero Manzano volvió a agarrarlo; estaba como loco. Clavó su mirada y gritó para que me anime, sosteniendo al gato por el cogote. Entonces no pensé más. Agarré la pala con firmeza, llevando el mango hacia arriba, en dirección el cielo.
Pasaron días, semanas, hasta que no volví a verlos. A ninguno de los dos.

En el mes de julio quisieron mandar a mi abuela Martina a un geriátrico. No pasó ni una semana que tuvieron que internarla, de urgencia, en un hospital. Por lo visto había intentado escaparse en una noche de mucha lluvia. La encontraron totalmente empapada, cerca de su casa y de una pulmonía. Según los médicos, había empezado a mejorar. Papá suspendió sus idas y venidas a Buenos Aires para quedarse ahí, junto a ella. Logré visitarla sólo una vez. Estaba acostada. Al verme entrar, me saludó con la misma calidez de siempre. Era raro verla así. Las canas habían empezado a tomar posesión de su pelo. Ella acostumbraba ir, cada quince días, a la peluquería de su amiga Nilda para teñirse el pelo. Años después, papá me contaría que le habían reservado turno en lo de Nilda para cuando saliese del hospital. Pero en esos días tuvo una fuerte recaída, y antes de que nada más pase, mi abuela Martina falleció.
 Al día siguiente papá no me dejó ir al velatorio. Le parecía algo morboso e innecesario. Ni bien empecé a insistirle me ordenó que vaya a jugar con mis amigos. Fue entonces cuando se me ocurrió la idea. Me puse una campera, un gorro y salí. El baldío de Manzano quedaba a medio pueblo de distancia.
El frío nocturno se mezclaba con los primeros rayos de sol mañanero, y todavía notaba un vapor saliéndome de la boca. Pasaron las cuadras hasta encontrarme, poco a poco, con los baldíos de siempre. Se notaba que hacía tiempo nadie andaba por ahí. Los matorrales habían crecido de manera descomunal.
Por dentro me aterraba la idea de encontrarme con Manzano o con los berreos enfermizos de Amadeo. Pero no pasó nada. Me clavé en medio de la calle, sin ningún alma alrededor. Y antes de pegar media vuelta creí escuchar algo inquietante, algo parecido a un llamado, a nuestros juegos secretos y miserables.

Los ferroviarios - Claudio Colombini


Luis llego en el colectivo de las tres de la tarde, dejó su bolso en una habitación del hotel frente a la plaza y caminó las seis cuadras hasta el hospital, la secretaria que atendía la recepción le dijo que Miguel Lucero se encontraba en la habitación veintiséis del segundo piso.
Habían pasado veinte años, sin saberse, sin hablarse, nombrándose el uno al otro, por momentos parecía que el olvido era un duende que había venido a despojarlos de lo vivido.
Vaya uno a saber porque pasaron tanto tiempo sin verse, tal vez porque un día se abrazaron y fue un abrazo que trascendió los límites del tiempo de los hombres y fue más allá, fue a ese lugar del que nunca se vuelve cuando la vida te pone un hermano entre las manos.
Los dos habían sido ferroviarios de Villa Amelia, un pueblo rural nacido y criado a orillas del tren y un poco a orillas del mundo. Con sus cuarenta casas, sus ciento setenta habitantes apenas separados por algunos ligustros, gallinas en las calles, mil perros que no ladran, una cancha de futbol con arcos de madera, territorio de niños y a veces con ovejas; una escuela chiquita, un destacamento inútil y todos los colores en la ropa tendida.
Luis había llegado un verano del cuarenta y seis como jefe de estación, venía del norte, con todo su norte a cuestas. Miguel era de la zona, nacido en el paraje Agua Blanca, llegado unos meses después como ayudante.
A los dos les creció la vida entre rieles y valijas y mientras todos iban y venían ellos estaban ahí, con el andén barrido, poniendo la mano en el hombro en cada despedida, haciendo un ritual sagrado de lo cotidiano, hundiéndose en lo simple y muriéndose un poco en cada tren que partía.
Nunca supieron de rangos, era lo mismo bajar la hacienda en los corrales que ordenar las cargas en los galpones, era lo mismo atender la boletería que bajar la barrera en el cruce cuando el tren no se detenía en la estación; juntos preparaban los catres y las jarras con agua cuando andaban los crotos arriba de los trenes con la ley bajo el brazo.
Cada uno tenía su casa, su familia, su pan, su vaso de vino, su viento de agosto, sus gatos, su florero con junquillos.
Cada uno tenía su overol azul, sus zapatos negros lustrados, su gorra ferroviaria, su radio a pilas; los dos tenían una virgen de Lujan en la sala de espera con la vela prendida y sabían muy bien que darlo todo era la única forma limpia y blanca de ganarse la vida.
“Así son las cosas”, decían, y se secaban la frente y se ponían de frente y a veces se volvían más amigos que nunca cuando la brasa obrera quemaba en la parrilla un pedazo de carne.
Con alma de domingo andaban la semana, de tanto en tanto en la radio jugaba Independiente y un pedazo de pan y un poquito de cielo les daba el empujón para seguir andando, como cuando llenaban las panzas de las máquinas con el agua del tanque para que todos vayan, para que todos vuelvan, para que todo siga.
Habían pasado veinte años y Luis apretaba fuerte la mano de Miguel con la misma fuerza y el mismo amor como cuando fue a despedirlo al camino de tierra que unía Villa Amelia con Las Mercedes; con el cierre del ramal debían irse del lugar, grises del cansancio como el humo de las maquinas, abandonar ese mundo que habían fundado juntos, ese mundo en manga de camisas, ese mate caliente y mañanero y la escarcha de julio y ese verano amigo que llenaba de flores y de liebres las orillas de la vía.
Habían pasado veinte años y no podía soltarle la mano por aquella noche de temporal, cuando Miguel arrancó la zorra y se fue en medio de la tormenta, iluminado de a ratos, hasta el pueblo de Los Sauces a buscar al Dr. Méndez porque la esposa de Luis andaba queriendo darle un hijo a ese lugar.
Los trenes se fueron, las estaciones se quedaron en silencio y Luis sigue ahí, apretando fuerte la mano de Miguel y se vuelven a encontrar en aquella sala del telégrafo un veintiséis de julio de mil novecientos cincuenta y dos, el día que llego el telegrama que informaba al pueblo el fallecimiento de Eva Duarte de Perón, cerraron la puerta y se quedaron solos y volvieron a llorar igual que los horneros que pierden a su hembra.
En cada apretón se sueñan yendo al único almacén del pueblo, ante el mágico llamado de las bochas golpeando en la tabla del fondo, a ganarse el poroto en un naipe de amigos, afuera en los palenques duerme un sulky cansado, adentro el salario paga otra vuelta y se festeja un ratito la vida.
La tarde se iba muriendo de a poco y los recuerdos se hacían cada vez más presentes, brotaban por todos los rincones llenando de ruidos, de rostros y de aromas la habitación; hasta que un silencio profundo se instaló entre ambos, el mismo silencio como cuando miraban el horizonte interminable que tenía Villa Amelia, el mismo que habían mirado juntos durante treinta años.
No permitió que el estado melancólico que le generaba esa situación se asociara a la tristeza, todo lo contrario, se sentía feliz y agradecido; todo estaba ahí, en lo vivido, y siempre estaría en ese lugar… vayas a donde vayas, nunca te olvides que no hay que pisar las flores, Miguel,  le dijo en voz baja al oído.
Se notaba a través de la cortina que estaba anocheciendo, Luis le pasó su mano suavemente por sobre la sábana que le cubría las piernas, luego se puso de pie, miró el rítmico y eterno goteo del suero, le dio un beso en la frente y se fue por los pasillos del hospital apurando el paso, no le cabían las lágrimas en el cuerpo, pero igual sonreía.
Salió a la calle, a veces ajena al mundo de los hombres, se miró el rostro en su pañuelo y empezó a caminar hasta el hotel... a las diez juega Independiente,  tal vez lo mire, pensó. 
Cuando la enfermera del turno noche entró a la habitación, encontró sobre la mesa de luz al lado de la cama, una foto de dos hombres en una estación de trenes envueltos en el vapor de una locomotora, uno de ellos sostenía una bandera verde y una linterna se asomaba por el bolsillo del saco.

La descripción - Federico Dobal


Una descripción, busco una descripción perfecta, una descripción que encuentre las palabras pulidas para decirlo sin que se note la intención. La voz del tango calumnia los deseos de quien escribe estas líneas. Deseo pensar en la descripción perfecta, del amor ciego sin flecos, de esos abrazos calientes como un cielo o un hielo, de esos goles que no pudimos, o no supimos gritar, y de aquellos que gritamos sin razón, de la conciencia feliz de estela, de las miradas que decían todo sin gastar palabras. Con los nervios por las nubes espero un silencio que no vendrá. La música de jazz suena al final del bar, los murmullos de la cocina y del gordo que come pan me destruyen el momento. Cuanto quisiera tener alrededor de esta mesa vacía a mis amigos de la primera amistad, aquella que fue un misterio, misterio de sombras aisladas en una risa de terciopelo, esperas anuladas por la carcajada fuera de lugar, de infinito tiempo muerto. Un hilo azul de almas y cuerpos. Una explosión de senderos iluminados con papel crepé. Una burbuja a punto de explotar. Los minutos pasan y la descripción perfecta se escurre como arena entre mis dedos. El cuadro del gallo bebiendo agua del charco me inspira una verdad absoluta, definitivamente tendré que conformarme con una descripción ordinaria, de papel y lápiz, en blanco y negro, sobre una hoja arrugada manchada con aceite de ensalada, simple y directa, como un haz de luz. Será tan simple como contar un recuerdo, recuerdo de mano helada, fría como los pies mojados un día de lluvia, su brazo entornado a mi espalda, exorcizando las lágrimas justo antes de que broten como látigos. Aquel abrazo fue un contrato, no necesitamos hablar ni decir más, ambos sabíamos que ese simple gesto nos había salvado la vida, no la vida que todos perderemos algún día sino la vida en desarrollo, la de todos los días. Fue ese momento de inflexión en donde comprendés todo, ambos supimos respetar el silencio. Cuando comprendés que las palabras sobran, así como sobran cuando una copa estalla en pedazos. Sin embargo, ese fue el momento máximo, como si todo  el resto estuviese de más. Podríamos haber muerto en ese preciso instante y hubiésemos sido asquerosamente felices, ya nada más importó. La misión estaba cumplida, pero cómo saberlo. No importó. Ese momento fue la máxima expresión de dos amigos que se conocían como hermanos, incluso más aún, si al fin de cuentas hemos pasado más tiempo juntos que con nuestros propios hermanos. La ansiada descripción se desvaneció entre palabras, música de jazz, un cuadro, libros ajados y un recuerdo que no pensaba encontrar. No pude evitar traerlo a estas líneas que mienten y dicen verdades al filo de un corazón que late con fuerza, sin pedir permiso para llorar, explotar o morir.

El secreto - Elida Cantarella


Leí en el diario la noticia de su muerte. Un recuadro pequeño.  Insignificantes palabras anunciaban el accidente. Una mala maniobra, y, un amigo de la adolescencia  terminaba en el fondo de un  barranco, aplastado por el auto. Era un enamorado de las provincias del noroeste argentino. No eran casuales sus recorridos y entrevistas a los lugareños.
En mis frecuentes visitas al pueblo de nuestra infancia, pasaba primero por su casa, luego visitaba a mis familiares. Sin que yo se lo pidiera, Manuel anunciaba mi llegada y organizaba un picadito de fútbol con los muchachos del club. Terminábamos la jornada matizando unas partidas de truco  con el vermut que servía el cantinero.
Hablé por teléfono con su hijo mayor. No fueron muchos más  los datos que me dio acerca del accidente, que los que ya había leído. Me pidió que no viajara, no habría velatorio. El cuerpo estaba irreconocible.
Lo recordaría con esa sonrisa y la alegría que lo desbordaba. Con la picardía compartida cuando en las tardes de verano pedaleábamos hasta las quintas, escondíamos las bicicletas y llenábamos las bolsas con duraznos. En el apuro por arrancar la mayor cantidad, no nos fijábamos si estaban maduros. En el trayecto, al volver a casa, comíamos los más grandes y morados, llegábamos chorreando lo que se desprendía de la pulpa carnosa. Los pintones iban derecho a la olla, después se los envasaba para convertirse en el postre de los domingos. El viejo apartaba los más chicos y los embotellaba con caña, para el invierno, decía, pero juro que lo vi relamerse en pleno mes de enero. Nunca olvidaré la tarde que tuvimos que dejar las bolsas con las futas recién cortadas. Manuel no vio el panal de avispas que colgaba de una de las ramas. Era tanto el apuro por sacar distancia del enjambre que nos perseguía, que casi dejamos las bicicletas.
Los días que le siguieron a la terrible noticia, trataba de rodearme de aquellos amigos  o compañeros, que como yo, habían perseguido distintos horizontes en la gran ciudad.  Manuel no venía  nunca hasta nosotros, consideraba que el medio en que vivíamos era una trampa de cemento.

Los meses fueron transcurriendo sin tener resultados acerca del accidente. Quedó caratulado como negligencia del conductor. Conocía bien a Manuel y sabía de su prudencia.  Algo aguijoneaba mi corazón, pura intuición, no sé, y,  terco como soy, decidí investigar por mi cuenta.
Llegue  a ese poblado de chicos descalzos y perros flacos decidido a saber la verdad. Según la fuente oficial,  la caída al barranco se había producido en una zona de curvas y contra curvas. Sin embargo, el camino era recto en las márgenes del pueblo.
Ante la negativa o  escasa predisposición de autoridades y de habitantes me apoltroné en un recado,  justo al lado del aljibe. Esperé el momento en que el morador de la vivienda llegara hasta el brocal del pozo a recoger agua fresca. Del interior del rancho, alguien descorrió la cortina de arpillera y se acercó. Caminaba con lentitud  entre las cabras y los chivos que se amontonaban buscando la  sombra de un algarrobo. La anciana llevaba la cabeza cubierta, a esa hora el sol lo achicharraba todo.
Llegó a mi lado, y, entre palabras absurdas, lanzó una carcajada. Traté de mantener la calma. Tiró el balde hasta lo más profundo, mientras la roldana que hacía circular la cadena tarareaba su canción de óxido. Me ofreció de beber y me dirigió una mirada inquietante, sus ojos destilaban un raro brillo. Le extendí el recorte del diario y le pedí que buscara en su memoria alguna imagen de ese día,  en que mi amigo había perdido la vida, enfrente de su casa. Con el papel entre las manos vociferaba incoherencias. Se encaminó al interior del rancho.
-¡Ave María Purísima! - dijo la anciana, y agregó: ¡Otro más! Y bueno, se hará tu voluntad, San Tristán de los Barrancos.
Dentro de la vivienda se levantaba un altar muy rudimentario, rodeado de velas y figuras paganas. La mujer hizo unas cruces sobre una efigie. Tironeó del lienzo y la dejó al descubierto. Al pie de ella había una leyenda escrita en relieve. Intenté  leerla, pero un grito, me paralizó.
-¡Si lees una sola palabra, el barranco hará tronar su escarmiento!

Reencuentro - Elida Cantarella


Un brazo oscuro, desarticulado, libre de vellosidades y con cicatrices, tomó mi mano y me llevó por un pasillo ancho, inundado de sol. No podía apartar mis ojos del patio. Las ranuras de las baldosa se pintaban con rayuelas.  Mercedes buscaba otra tiza para finalizar las casillas. Me descubrió y me señaló los frisos. De las grietas asomaban, con su cara redonda, las figuras de una lejana tapadita.
El damasco y el ciruelo lamían con sus ramas la soga que se esforzaba por adherirse al tronco. La miré y comencé a danzar. ¡Uno, dos y tres! Salté al compás de las voces de  Angelita y de Mirta que coreaban:

“Soy la reina de los mares
si usted lo quiere saber,
tiro mi pañuelo al agua
y lo vuelvo a recoger”.

Y salté, salté al lado de Graciela, amiga y compañera de juegos y travesuras. Vivíamos una enfrente de la otra. En mi casa teníamos un almacén, y en la de ella,  panadería. El pan se elaboraba en un espacio amplio llamado  cuadra, al fondo estaba la marlera, albergaba montañas de marlos que alimentaban a los hornos. Era uno de los lugares de nuestros juegos, construíamos túneles y pasadizos que terminaban con torres de castillos medievales.
María Pastora deshojaba coronitas de novia, los pétalos se adherían a mis cabellos. El zumbido de las abejas nos perseguía hasta la escalinata del mástil. Cada grado formaba fila, de menor a mayor, con guardapolvos tableados, de lazo y moño, los de las niñas, y rectos, los de los varones. Las miradas se detenían  en la enseña nacional. El brazo enérgico de Gilberto  la elevaba tan alto que quería acariciar las nubes. El silencio cubrió la tarde, sólo se oyeron voces que entonaron la oración a la bandera.
Las filas se rompieron al ingreso de las aulas. Los pupitres de madera  mostraban, en el centro de la tabla, el hueco donde se alzaban, orgullosos, los tinteros, y las huellas azules. José Luis disparaba flechas de papel. En esa batalla, chocaban contra los avioncitos que permanecían adheridos al techo, y que el paso de los años  había barnizado de ocre. Oscar repasaba las tablas de multiplicar,  en un rincón, y después que las memorizaba rehacía las cuentas de dividir.
Cuando encontré  a mi guía, Tito señalaba con él,  unos islotes australes. Miré el techo y recordé que era el salón donde, una mañana de mucho frío, la caída de una estufa a querosene había provocado un pequeño incendio. (El correteo inquieto de Manolo fue a dar contra ella, y el combustible derramado en el piso propagó las llamas). Una campera de Martita y el guardapolvo de Mónica terminaron quemados, cuando en medio de la desesperación pretendieron apagar el fuego. Los gritos de auxilio se hicieron  escuchar por las ventanas. La puerta se había hinchado por el calor y no se podía abrir.
Pero ese día era especial,  la clase fue distinta. La escuela cumplía años y era motivo de reencuentros. De recordar a los amigos que ya no estaban, Jorge, Bochi, Manolo,  se habían subido a un barrilete con alas.
Desde la cocina nos invadía el aroma a chocolate.  Noemí me recordó otro olor, el de la cascarilla de cacao que nos sacaba el frío, en  inviernos de escarcha y  sabañones.
En el salón de actos, el órgano desprendía los acordes del himno nacional: “O juremos con gloria morir, o juremos con gloria morir”. Se avivaron  las Imágenes de la última fiesta de fin de curso, cuando los caminos se separaban, pero había que engarzar en el recuerdo los eslabones de la amistad, nacidos en esa escuela.
El brazo oscuro y rígido del guía me señalaba  que era la hora de la despedida. La escuela había quedado vacía, todos se habían ido. Él debía volver a su lugar, a descansar y a despejarse de las emociones.
Mis ojos buscaron la última imagen. La grabé en mis retinas, en mi interior. La  postal con los amigos que quebrábamos el andar del tiempo.
El puntero, cómplice de mi recorrido, me hizo un guiño y estiró la silueta, a un costado del pizarrón.

Llorón - Micaela Aquino


Nos conocimos en el jardín de infantes. Recuerdo que vos siempre estabas llorando.  Te decían algo y llorabas. Te gritaban y llorabas. Te tropezabas y llorabas.  Siempre llorabas por cualquier cosa. Eso me enojaba, no porque te la pasaras llorando, sino porque lo hacías tan libremente, cosa que yo no podía. Cómo podías llorar tan tranquilamente y yo ni siquiera podía derramar una lágrima enfrente de mi propia familia por temor a que me dijeran que era patético. No, no tenía temor a que me dijeran que llorar era patético, sino a que yo era patética por llorar; eso me asustaba y mucho.
Recuerdo que un día te vi llorar atrás de un árbol. Era raro ya que siempre llorabas donde alguien te pudiera ver, o eso me parecía. Luego te vi llorando en el salón vacío, luego en la casita, en la caja de arena, llorabas en todas partes pero, en  algún momento me di  cuenta de algo muy importante, no era que lloraras en todas partes, sino que yo te buscaba cuando llorabas. No sé cómo ni por qué, pero un día me acerqué y me senté a tu lado solo para decir: “sos un llorón, no debés llorar enfrente de otras personas, sos un chico, así que no llores más”. Recuerdo que me miraste y empezaste a llorar y de repente me abrazaste, no te voy a mentir que me asusté por ese cambio tan brusco, pero de algún modo me tranquilizó que poco a poco te fueras calmando hasta parar de llorar. Desde  ese día no llorabas tan seguido y tampoco te separabas de mí; se me hizo raro al principio, ya que no estaba acostumbrada a estar con alguien, siempre jugaba sola, y vos llorabas solo, creo que por eso poco a poco nos volvimos amigos y conocimos a un par de chicas un poco raras. Recuerdo cuando nos hablaron por primera vez.
-Hola, ¿cómo se llaman? -eso sí nos tomó desprevenidos, ya que nadie nos hablaba.
-Me llamo Camila y él se llama Eric -nos presenté de un modo seco. Pensaba que ellas nos iban a molestar  como todos los demás, pero no fue así.
-Hola, yo me llamo Luciana  -me dijo de forma alegre.
-Y yo Milagros -nos dijo la otra chica de colitas.
Yo me sentía rara. Normalmente nos molestaban, les pegaba y se iban y listo. Pero ellas no lo hicieron. Luego de algunos días ya éramos cuatro locos que iban a todos lados juntos. Pensé que no duraría más que el tiempo que estuviéramos en el jardín, y que nos mandarían a escuelas diferentes pero quién diría que el destino nos reuniría en la misma escuela y el mismo salón. En la primaria hicimos muchas locuras, de las cuales ahora me acuerdo de aquella vez que rompimos una ventana. Vos me dijiste:
-Tengo miedo, nos van a castigar y le van a decir a nuestras mamás.
Tenías los ojos llorosos. Sin mentirte, yo también estaba asustada.
-Aunque no lo creas, yo también tengo miedo y con tener miedo no arreglamos nada.
-¿Y si nos hacemos los tontos y decimos que fueron los del otro grupo? -creo que fue la primera vez que Luciana dijo algo útil.
-Estoy de acuerdo con eso.
Y eso fue lo que hicimos. Funcionó, pero luego se dieron cuenta de que era mentira y nos castigaron por una semana sin recreo. Fue una semana dura.
Pasaron los años. Llegó el día de graduarnos de la escuela primaria para ir a secundaria. Recuerdo que lloraste porque dije que quería ir a otra escuela, a la cual al final no pude entrar aunque no me importó, ya que estaba con ustedes y era suficiente. El primer día fue muy incómodo porque todos te molestaban por estar en un grupo de tres chicas. Ellos siempre decían lo mismo:
-Miren a ese afeminado, qué asco me da.
A mí me daba asco que te trataran así sin conocerte. Sí tenían razón en lo de afeminado, pero lo del asco estaba de más.
-Al menos él sí sabe lo que es educación, no como otras personas.
-Camila, no le sigas el juego, no vale la pena.
Pero la valía. Porque sé que si me trataran a mí así, vos también lo harías.
A pesar de todo esto nosotros nos divertíamos mucho, estábamos los cuatro juntos, pero no duraría para siempre ya que después de un tiempo nos separamos poco a poco. No sé cómo pero lo hicimos. Primero Milagros se fue a vivir a otro lugar, después Luciana nos dejó de lado para estar con otras personas, y quedamos los dos solos como al principio. Pero tampoco duró mucho ya que vos también te empezaste a juntar con otras personas. No me molestaba para nada que tuvieras más amigos sino el hecho de que ya nada era como antes, así que decidí irme a otra escuela, ya que nunca me había gustado esa escuela, sólo me había quedado en ella porque ustedes estaban allí.
Pasó un año desde que llegué a esta escuela. Es chica pero me gusta. No hacen tanto ruido como allá. A pesar de la distancia seguí teniendo contacto con vos y con Milagros y de vez en cuando con Luciana. Me pregunto qué hubiera pasado si no me hubiera acercado a hablarte ese día, cómo hubiera sido, es algo que siempre me voy a preguntar, pero nunca voy a tener una respuesta y creo que es mejor así.


Me levanté por el sonido de la alarma. Hoy es sábado y dije que iba a ir temprano a la casa de Milagros a desayunar por el día del amigo.
-Mamá, me voy.
Escuché un “bueno” y salí.
Allí estaban ellos dos preparando la mesa para desayunar. Fui y saludé.
-¡Feliz día del amigo a los dos! -grité a todo pulmón. Me miraron y me dijeron:
-¡Feliz día del amigo!
Me senté con ellos y nos pusimos a comer, estuve algo distraída por el sueño que tuve.
-Camila, ¿te sentís bien?, te veo algo ida -me preguntó Eric preocupado.
-No pasa nada, solo soñé cómo nos conocimos los tres y me quedé pensando -dije con una sonrisa, al tiempo que seguía comiendo unas facturas.
-Sí, me acuerdo cuando los conocí a ustedes dos -dijo Milagros, y se reía.
-Sí, yo también me acuerdo cuando conocí a Camila, fue mi primera amiga -dijiste con los ojos brillosos.
-Ay, dejá de ser un llorón -te respondí y te golpeé con toda mi fuerzas en tu hombro-. Siempre vas a ser un llorón -dije, mientras te ponías a llorar.

El último viaje - Ana María Mondino


Clara atendió el teléfono que sonaba insistente. Del otro lado de la línea oyó la voz de su prima que llamaba desde Córdoba para decirle que la abuela estaba internada en terapia intensiva; hacía tiempo que sus noventa y dos años ya la tenían bastante sin fuerzas y ahora una complicación pulmonar le había afectado mucho. Hablaron un rato sobre otros temas familiares y antes de cortar prometió viajar lo antes posible para ver  a la abuela.
Dos días después partió en micro hacia la pequeña ciudad cordobesa. Llegó al anochecer cuando el sol aun mostraba sus tardíos rayos tras las agrestes sierras. Su prima la esperaba en la modesta terminal y de allí la camioneta se internó en un sendero arenoso bordeado de casas bajas hasta el hogar donde la abuela vivió desde su lejana juventud cuando, con el abuelo Juan, decidieron que aquel era su lugar en el mundo, rodeado de naturaleza pura. Clara había heredado de su abuela el carácter alegre, sus ansias de aventura y su inmenso amor a la naturaleza y a la vida.
Las horas pasaron rápidamente entre el afecto y las charlas en familia. Durmió en la misma cama donde tantas veces, en sus vacaciones infantiles, fantasías y sueños se mezclaron con los relatos de la abuela. La venció el cansancio y el silencio serrano acunó sus recuerdos.
Al día siguiente, en la clínica, cuando Clara se acercó, la abuela entreabrió sus ojos  de un celeste gastado por los años, fijó en ella la mirada y las lágrimas se escurrieron hacia la almohada. Un suero goteaba lentamente hasta su vena y una sonda opaca entraba en su nariz. La abrazó y se sentó a su lado, la mano de la anciana apretaba fuerte la suya, fue entonces cuando notó que ambas muñecas estaban atadas a los laderos de la camilla, un escalofrío le recorrió el cuerpo y preguntó a la enfermera:
-¿Por qué tiene las manos sujetas?
-Es que si no la atamos la abuela se saca todo, el suero y la sonda.
-¿Para qué tiene esa sonda en la nariz?
-Es para alimentarla porque no quiere comer- contestó solícita la enfermera- tal vez en uno o dos días, si no tiene fiebre y los resultados del laboratorio están normales, ya le den el alta.
-¿Entonces le quitarán todo eso?
-No lo sé, se hará lo que indique el médico.
Clara puso su mano sobre la mejilla de la abuela y le preguntó:
-Abuela ¿por qué te negás a comer?
Los mansos ojos de la vieja buscaron los suyos y, casi en un susurro murmuró:
-Porque ya no lo necesito, sólo quiero morir en paz.
La miró en silencio mientras un nudo le oprimía el pecho, no quería llorar frente a ella así que forzó una sonrisa y comenzó a contarle sobre un viaje que estaban planeando con su amiga, la llenó de detalles hasta agotar el tiempo permitido. La abrazó fuerte, saludó a la enfermera y con paso rápido abandonó el sanatorio. Necesitaba poner distancia, que el viento fresco le pegara en la cara, que el sol le quemara. Sentirse viva y no pensar. Ya más serena consultó el reloj, aun tenía tiempo de caminar hasta la terminal para tomar el micro de regreso. Su prima fue a despedirla y prometió avisarle cuando le dieran de alta. Una semana después le hacía saber que a la abuela tuvieron que llevarla a una residencia para ancianos porque necesitaba cuidados especiales.
Meses más tarde, Clara volvió a visitar a la abuela en la residencia, y allí la encontró postrada, consumida y atada para que no se quitara la sonda que la mantenía viva. Esta vez solamente la miró. Antes de regresar y al despedirse de su prima le preguntó:
-¿Por qué la tienen atada?
-Para que no se quite la sonda pues sin ella moriría por desnutrición- contestó su prima mirándola fijamente a los ojos.
Minutos de silencio precedieron al abrazo. En el micro de regreso Clara recostó la cabeza en el respaldo y dejó vagar la mirada hacia un horizonte sin tiempo.
Más de un largo año estuvo así la abuela .La última vez que la visitó la encontró consumida, con la piel transparente y la vista en un punto fijo y allí arriba el alimento vitaminado , cual siniestro pacto entre la vida y la muerte, goteaba la vida y retrasaba la muerte. Finalmente, una mañana de otoño, su pobre energía logró al fin liberarse del cuerpo torturado.


Elena y Clara eran amigas. Habían nacido en esa ciudad pequeña en un barrio donde todos se conocían. Sus madres las parieron con sólo unos meses de diferencia y desde pequeñas compartieron juegos, escuela, secretos y se hicieron inseparables, construyendo sueños donde la libertad y conocer el mundo fueron el ideal común. Así, cuando el tiempo pasó y ya en mayoría de edad, trabajando Clara en un Banco y Elena como profesora de lenguas, llegaron los primeros ingresos y con ellos planearon el primer viaje. Mochila al hombro recorrieron el Sur, otro año fue el Norte, luego Chile, Perú y así sucesivamente el mundo fue proveedor de destinos ora exóticos ora cosmopolitas. Compartían alegrías y penas. Las distintas circunstancias que la vida les iba presentando fueron motivo de análisis y charlas compartidas. La lenta agonía de la abuela dio motivo de muchas reflexiones luego de cada visita y fue un tema recurrente. El tiempo fue transformando a las adolescentes en adultas y los viajes aventureros en otros más relajados.  La vida trajo amores, penas, alegrías y desgracias pero aquella amistad nunca flaqueó y persiste aun hoy, cuando ambas han superado ya la barrera de los ochenta.
Clara vive sola en la planta baja de la vieja casa familiar. Sara su sobrina, gerente de una empresa, habita un pequeño departamento construido en la planta alta, por lo tanto no se siente sola ya que la joven está siempre atenta a sus necesidades. La casa tiene al fondo un cuarto para elementos de limpieza y cosas en desuso. Esta mañana, cuando Clara fue allí por unas tijeras para podar el rosal, vio en varios lugares excrementos de algún roedor. Tomó las tijeras, cortó los gajos viejos del rosal, luego se lavó las manos, se peinó y partió hacia a forrajería en busca de algún producto para eliminar al intruso.
-Hola, señora Clara, ¿cómo anda usted? –saludó cordial la empleada
-Bien, querida, como si tuviera veinte –contestó
-Sí, se la ve muy bien. ¿Qué necesita?
-Bueno, quiero algo para eliminar una rata, laucha o como se llame que se ha metido en el cuarto del fondo y está dejando sus “regalitos” por los rincones.
-Ja, ja. Mire Clara esto es lo último que ha salido en veneno para ratas. No falla porque tiene un gusto similar al queso, que lo hace irresistible para ellas y actúa muy rápido produciéndoles la muerte casi instantánea, pero si usted no quiere encontrar el animal muerto por cualquier lado puede llevar también esta jaula y poner el veneno adentro y será más fácil para deshacerse de él. Eso sí, tenga cuidado de no tocar el veneno con las manos.
-Bien, dame las dos cosas y luego te cuento cómo me fue.
-Le doy también un par de guantes descartables.
La muchacha puso todo en una bolsa plástica. Clara pagó y regresó a la casa mientras pensaba en el pobre animal que iba a matar y sentía pena. Ella defendió siempre la vida, por lo tanto decidió probar poniendo en la jaula un trozo de queso en lugar del veneno, y si encontraba la rata atrapada pero viva ya vería la forma de liberarla en un lugar alejado. Dejó la caja con el veneno en uno de los estantes más altos, buscó un trozo de queso que colocó en la jaula y llevó al rincón. Luego cruzó el patio donde el jazmín de leche convocaba a las abejas con el dulce  aroma de sus flores blancas, preludio de la inminente primavera.  Fue a la mañana siguiente cuando encontró en la jaula dos pequeñas lauchas en un frenético intento por liberarse del encierro. Clara colocó la jaula en una caja y caminó hacia el parque que bordea el río. El sol en aquella mañana de septiembre destacaba el verde de las hojas nuevas y secaba el rocío que brillaba en la hierba. Disfrutando el paseo y sintiendo el placer de proteger la vida de aquellos pequeños animalitos, Clara fue hasta un lugar a la vera del río alejado de las últimas casas donde los liberó y desaparecieron entre los pastizales. Regresó a la casa y al llegar se sintió cansada, aunque la caminata no había sido muy larga y un dolor cada vez más intenso le oprimía la cintura; no era la primera vez que le pasaba, por lo tanto descansó un poco, se duchó y decidió visitar al médico. Dos días después, ya con los resultados del laboratorio volvió a la consulta y le diagnosticaron un problema pulmonar, por lo tanto a partir de entonces debería llevar una vida reposada, con medicación y controles periódicos. De regreso pasó por casa de Elena. Su amiga también seguía viviendo en la misma casa donde había nacido. Su salud se había deteriorado últimamente debido a una fuerte angina y una diabetes incipiente, así que ya no podía salir frecuentemente aunque muchas veces iba hasta la casa de Clara para compartir tardes de charla y, cuando María, que era su compañía, necesitaba tomar días de descanso, también se quedaba a dormir.
Fue una tarde de octubre cuando María tenía que visitar a su hermana que Elena llegó a la casa de Clara, esa noche se quedaría allí. La sobrina de Clara había viajado por una reunión de trabajo y regresaba a la mañana siguiente. Las amigas convocaron recuerdos y hablaron largamente. Al atardecer, bajo el alero del patio perfumado, donde habitaba un casal de palomas, pusieron la pequeña mesa  y los sillones de mimbre. Sobre la mesa un mantel blanco, dos antiguas copas de cristal heredadas  de la abuela y una botella de champagne. Por el este, compitiendo con los últimos rayos del sol, la luna llena completaba la geometría de los techos vecinos. Mientras los grillos enamorados lanzaban al aire sus estridentes deseos de amar y la sombra fantasmal de algún murciélago buscaba su presa, el sonido de una botella al descorcharse dio comienzo al brindis.
-¿Recordás aquel viaje en globo que hicimos sobre la pradera?
-¡Cómo no recordarlo! Nos sentimos libres volando sobre el mundo.
-¿Recordás el silencio?
-Fue como formar parte del cielo.
-Hoy será igual.
-Viajaremos hacia la luna en libertad.
-Servite otra copa y llená la mía.
-Ya no se oyen los grillos.
-¡Qué placer este silencio!
-Tomá mi mano...

Allá en el cielo, dibujadas sus siluetas en el disco brillante de la luna, dos aves nocturnas buscan su destino. Sobre la mesa una botella y dos copas vacías. Pastillas sedantes, una caja de  pequeños terrones con sabor a queso y un mensaje: “No somos suicidas, somos eutanásicas”.